lunes, 28 de julio de 2008

Entremés

El presidenciable

Un restaurante de moda muy caro, de los que frecuentan encumbradas figuras de la política, periodistas conocidos que conducen programas de radio por la mañana y de televisión por la noche, “modelos”… o chicas que quieren serlo o que dicen que lo son, todas hermosas y de cuerpos esculturales...”diseñados” por cirujanos plásticos especializados en inflar pechos y levantar traseros. Algunas están…“sponsoreadas” y, lógicamente, viven en céntricos departamentos “duplex” y tripulan coches mini Cooper.
Algún ministro, capitanes de empresa, “brokers”, operadores, “lobbystas”, correveidiles….
La recepción es imponente. Un “maître” canoso, amanerado, conduce a los clientes por pasillos alfombrados de azul oscuro hasta un gran salón central o a cualquiera de los coquetos reservados que hay a derecha e izquierda. Cuadros abstractos. Alguna reproducción de Miró. Olor a cuero, a madera, a humo de cigarro habano y a dinero fresco, recién lavado.
Se puede tomar un “drink” en el bar, semejante al de un trasatlántico y atendido por un “barman” que parece un artista de cine. Muebles modernos, sillones de cuero color magenta, tonos rosáceos. Luz indirecta. Una perfecta combinación de lujo y mal gusto.
En uno de los reservados hay dos hombres. Uno de ellos es más bien bajo, grueso, gris-rubio, de mejillas anchas. Andará por la cincuentena. Va vestido a la última moda: traje negro a rayas, camisa blanca, corbata también rayada en transgresión a la ortodoxia de la elegancia, que no transige con las rayas sobre las rayas. Manos gordezuelas de dedos cortos, que se adivinan blandas. Reloj ostentoso –probablemente un Rolex-.
El otro es alto, delgado, castaño claro, se adivinan músculos largos y flexibles, bien trabajados, bajo la tela liviana de un traje liso de color gris, ni muy claro ni muy oscuro, bien cortado. Tiene el rostro inexcrutable del jugador de “bridge” y ese aspecto que no revela la edad exacta y se adquiere combinando sabiamente alcoholes nobles con vitaminas, la sauna, las visitas frecuentes a restaurantes y hoteles caros y la cultura física. Sortija de familia con iniciales. Está sentado con las piernas cruzadas y muestra un zapato negro, brillante, de factura clásica. Un truchimán de alto vuelo o un... "asesor", pero con clase.
Ninguno de los dos hombres lleva barba ni bigote, ni tiene la cabeza afeitada.
Sobre la mesa hay una botella de whisky etiqueta negra, un cubo con hielo, una botella de agua mineral, dos pesados vasos de cristal tallado y un cenicero de peltre, o una materia parecida, con una colilla de puro. Pequeñas “delikatessen” repartidas en platitos blancos con un reborde azul.
El hombre grueso pregunta con un atisbo de ansiedad bien disimulada. El hombre alto no pierde esa apariencia relajada de quien practica esgrima, o algún arte marcial, y contesta pausada y serenamente.
- Bien, dígame primero cómo es, qué aspecto tiene, cómo se presenta, cómo se viste.
- Es un poco más alto que usted, aproximadamente de su misma corpulencia. Pelo oscuro con algunas canas, tez olivácea, de esas que se oscurecen en seguida con el sol, ojos un poco prominentes –no sé por qué, me da la impresión de que no ve bien-, un bigotazo de revolucionario mexicano de los tiempos de Pancho Villa. Se viste a la moda: traje a rayas, corbatas lisas rojas o azules brillantes, como las de Bush o las de Chávez, mocasines; ya sabe usted…
- Ya, ya… ¿Y tiene facilidad de palabra, habla bien?
- Facilidad de palabra tiene, desde luego. Habla fluidamente, sobre todo de él. Su sintáxis no es buena. Se hace líos con los tiempos de algunos verbos. Usa las expresiones y latiguillos de rigor: “¡a ver!”, “como que…”, “este”, “digamos”, “vuelvo a repetir”, “no podemos dejar de pasar por alto”, “durante el transcurso”…
- ¡Usted y la sintáxis…!
- Paul Valéry dijo que la sintáxis es una facultad del alma.
- ¿Valéry…?
- Un poeta francés.
- Mire, viejo, no necesitamos poetas sino políticos: gente decidida, de acción, con “chamuyo”… ; usted me entiende.
(El hombre robusto se sirve tres dedos de whisky con dos cubos de hielo y se echa un trago, repiquetea después con los dedos de la mano derecha sobre la mesa, mira a su interlocutor fijamente. El hombre alto le sostiene la mirada. Hay un brillo irónico en sus ojos claros. Sonríe levemente y retoma la palabra.)
- Es muy político, asegura; y es cierto. En su vocabulario figuran las palabras agenda, convocatoria, problemática, posicionamiento. Dice institucionalidad, complementariedad, corporación, estrictez –por condición de estricto-. Dice consensuar, diálogo. Dice pacto, “chance”, oxigenación, coyuntura, macroeconomía. Dice divergencia, estrategia, unidad…
- ¡Pare, hombre, pare! ¡No se pase! Es abogado, ¿no?
- Sí; terminó muy tarde la carrera, y a trompicones, pero se recibió. Nunca ha ejercido la abogacía. Fue…”consultor” del diputado *, “operador” del candidato **; es hombre del riñón de *** y fue la primera, o la segunda espada del ex senador ****; ha escrito alguna cosa, también.
- Sí, recuerdo haber visto algo suyo en no sé qué diario. ¿Usted lo ha leído, ha leído algún escrito de él?
- Sí.
- ¿Escribe bien?
- No.
- Pero es un hombre de cierta cultura, ¿no?
- Es, más bien, un hombre informado; relativamente o, al menos, de aquéllo que le interesa.
- ¿Usted cree que es inteligente?
- No, creo que es listo.
- ¿No es lo mismo?
- No, se puede ser inteligente y no listo, y listo y no inteligente. Con esto pasa lo que con la gracia y el sentido del humor. Son dos cosas distintas. Se puede tener una o la otra, o ninguna de las dos. Pocas y privilegiadas personas tienen ambas.
- Mire usted lo que son las cosas. Yo creía que era lo mismo. ¿El es gracioso, o tiene sentido del humor?
- Tiene cierta chispa, puede llegar a ser chistoso… en algunos ambientes. De tener salero, la suya sería una sal más bien gruesa.
- Pero, en fin, tiene carácter; es ambicioso, va tras el poder, le gusta figurar…
- ¡Desde luego!
- ¿Tiene, digamos, escrúpulos, prejuicios...; es lo que podríamos decir un hombre de conciencia?
- ¡De ninguna manera!
- ¿Qué más podría usted decir de él?
- Que es terco, simplista, soberbio, calculador, evasivo en la jugada. Como político lo veo audaz, maniobrero, manipulador.
- ¿Usted cree que es capaz de…?
- ¡Es capaz de todo!
- ¡No se hable más! Nos servirá. Le daremos un repaso, lo puliremos un poco y nos será muy útil, ya verá usted. Yo creo que hasta puede ser presidenciable, que quiere usted que le diga.
- Tiene usted razón. Ya lo decía Stevenson.
- ¿Qué decía el bueno de Adlai?
- No me refiero al político estadounidense Adlai Stevenson, sino al escritor inglés Robert Louis Stevenson. Borges lo citaba mucho. Escribió, entre otras obras, “La isla del tesoro” y “El extraño caso del doctor Jeckill y mister Hyde”. ¿Ha leído usted algo de él?
- No.
- Stevenson decía que la política es algo para lo que no se necesita ninguna preparación.
- Bah, bah, no sea usted sarcástico. ¡Usted y sus zarandajas literarias…! ¿Le gustó lo de zarandajas, no? Usted lo dice mucho. Bueno, hemos terminado por hoy. Gracias por todo.
(El hombre bajo llama al camarero pulsando un timbre disimulado en la pared, al alcance de la mano. Viene un mozo de chaqueta azul pastel, cruzada, y el hombre bajo le pide la cuenta, al mismo tiempo que le extiende una tarjeta de crédito de platino. Le traen la cuenta, firma, deja una propina poco generosa, se levanta, cierra la “notebook” en la que ha estado trabajando durante la conversación, la mete en un estuche, se lo pone bajo el brazo. Se acerca al hombre del traje gris, que también se ha puesto en pie, le pone una mano en el hombro y le dice):
- Muchas gracias por todo, otra vez. ¿Le llevo a algún sitio?
- No, se lo agradezco, pero me quedo un rato más; tengo que hacer algunas llamadas y luego me encontraré con una persona, muy cerca de aquí.
- Como quiera; fue un gusto, ya le llamaré; hasta la próxima y que esté bien.
- Igualmente, adiós.
(El hombre alto, que se ha vuelto a sentar, añade algún dinero al que ha dejado el otro, aumentando así la propina del camarero. Juguetea un rato con una billetera negra de piel de cocodrilo que ha sacado de un bolsillo interior de su bien cortada chaqueta gris de lana fría. Permanece unos minutos en silencio, mirando sin ver frente a sí. Al cabo, se guarda la cartera, posa las manos, unas manos grandes de dedos largos y uñas cuidadas sobre el mantel, como para tomar impulso, y se levanta. Abandona el reservado, él también. Erguido, “debonair”, cruza el salón con paso rápido y elástico hacia la salida. Dos o tres mujeres lo miran al pasar con cierto interés.)

TELON
© José Luis Alvarez Fermosel

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